El dibujo de Fritz
Freudenheim fue realizado en 1938 cuando tenía 11 años y documenta la travesía
desde Hamburgo a Montevideo ( Museo Judío de Berlín)
“Señor ministro: Después
de haber sufrido en Europa mis parientes todas las persecuciones de la barbarie
nazi, y a pesar de las grandes exterminaciones, tuvieron la suerte de quedar
con vida, a pesar de perder todos sus seres queridos, desean y solicitan que se
les permita llegar al Uruguay, donde tienen un hermano quien con ansias los
espera.”
“La señora, favorecida
por circunstancias especiales y ayudada por unos parientes, logró burlar la
acción de los alemanes, viviendo escondida durante tres años, desearía ahora
vehementemente vivir con la suscripta, su hija. (…) Se permite destacar la
urgencia del caso en virtud de las angustiosas condiciones de vida imperantes
en Holanda, donde se padece hambre y otras penurias.”
Las cartas en las que
familiares o conocidos de judíos sobrevivientes del Holocausto y la represión
nazi solicitan la visa de entrada a Uruguay son más de mil, y aquí se
transcriben en forma textual. Fueron halladas en cajas del Ministerio de
Relaciones Exteriores (Mre) caratuladas, sin ironía, “Pasajeros de primera
clase”, porque eso exigía la reglamentación restrictiva de Mre para emitir el
visado: que viajaran en primera clase y que quien los recibiera ganara al menos
100 pesos.
Es sorprendente la
cantidad de personas que ganaban cien pesos en el Uruguay de 1946, con
independencia del trabajo que realizaran, como también la cantidad de primos
con el mismo primer apellido del residente en Uruguay que solicitaba su
admisión. El paciente trabajo de recopilación y fotografiado de los documentos
es de Óscar Destouet, que en 2004 se puso a investigar la represión en Uruguay
durante la dictadura en los archivos de la cancillería, para luego sumergirse
en esta documentación relativa al Holocausto judío, “que es ejemplar, universal
y legitimado”. Empezó a estudiar los procesos de formación de la memoria, la
condición humana en comportamientos que llegaban a extremos no humanos. Además
de director de liceo, Destouet enseña historia contemporánea y derechos humanos
en el Ipa.
La próxima semana dos de
estas cartas estarán en la muestra de cinco días que se hará en el Atrio
Municipal por el 70 aniversario –el 27 de enero– del cierre del campo de
concentración de Auschwitz, acompañando dos muestras centrales: la del Proyecto
Shoá, un grupo muy activo y didáctico de jóvenes, y una exposición itinerante
de la Casa de Ana Frank, que tiene en Argentina una única filial de la casa
original en Holanda. También se expondrá una estatua de Ana Frank, que a su
debido tiempo la Intendencia de Montevideo emplazará en el espacio en
construcción en el Zoológico de Villa Dolores, y se presentará un sello
conmemorativo.
Hay una carta en la que
se pide visa para dos rabinos y sus familias, en ese momento en Shanghái; uno
sólo puede conjeturar sobre cuán necesitados de guía espiritual estaban los
solicitantes. “Los señores Szola Bursztyn y Josel Lewinson son rabinos de la
Congregación Israelita, y careciendo hasta ahora nuestro templo de sus jefes
espirituales, y encontrándonos ante la necesidad urgente de poseerlos, éstos
actuarán en tal calidad en nuestra sinagoga”, la sinagoga Majzikey Hadar, en
Defensa 2356. Dos personas firman y consignan su credencial cívica: ya eran
ciudadanos uruguayos.
La guerra había terminado
y de lo que luego sería llamado el Holocausto sólo se conocían las imágenes,
generalmente de origen estadounidense, que pasaba el noticiero antes de la película.
“No había noción de la dimensión de esa lamentable gran originalidad del siglo
XX, que revela hasta dónde puede llegar el ser humano en su deshumanización”,
apunta Destouet.
Las exigencias en la
reglamentación para otorgar el visado defendían las fuentes de trabajo de este
país por ese entonces de vacas gordas, pero también dejaban en evidencia el
desconocimiento generalizado de lo que había sido aquella barbarie. Esta gente
venía además de lugares extraños a lo que había sido la inmigración que llegó a
Uruguay: no eran españoles ni italianos, sino polacos, alemanes, húngaros.
Estaba llegando a su fin
el gobierno de Juan José de Amézaga y el canciller era Eduardo Rodríguez
Larreta; comenzaría en 1947 el de Tomás Berreta, que sería igualmente laxo con
esa reglamentación. Algunos de los barcos que llegaban con estos pasajeros ni
siquiera contaban con primera clase, y en una documentación que Destouet
mencionó las solicitudes están respaldadas por números de puerta correlativos,
dado que el solicitante de la reunificación recorrió cuadras de La Teja, el
Cerro, Goes, pidiendo y obteniendo solidaridad a mano abierta. Allí, contó el
profesor, hay ofrecimientos tales como coserle la ropa a los que vinieran;
ayudar, en fin, de un modo casero al alcance del vecino.
Y las víctimas llegaban.
Algunas para quedarse, otras para dar el salto hacia la mucho mayor colonia
judía en Argentina, en procura de lo que todo refugiado busca: la tranquilidad
que da un rostro conocido. En su reconstrucción del proceso de la víctima,
Destouet establece etapas: “Hubo gente que había estado en los campos y que muy
lentamente empezó a contar. La gente tiene sus tiempos. Primero cuenta algo, lo
más dramático, luego deja de haber oídos para el horror porque la gente no
quiere oír esa realidad deprimente. En consecuencia, la víctima se llama a
silencio y se invisibiliza. Pasa luego por una etapa en la que se cuestiona por
qué él vive si otros murieron. Finalmente la memoria empieza a legitimarse y el
sobreviviente comienza a ubicarse en lo que es: una víctima, cualesquiera sean
los rasgos positivos o no de su personalidad. Lo que no son es victimarios, esa
es la diferencia para el tercero, y hay otra generación que quiere contar y
otra que pregunta, y van a hablar de nuevas cosas”.
La tragedia está a flor
de piel: al pedido hecho, la solicitante agrega de puño y letra, evidentemente
después, que su hermana y sus dos hijitos sobrevivientes del campo de
concentración de Bergen Belzen habían fallecido según le informaron a través de
una llamada telefónica. La denominada “marcha de la muerte”, en que los nazis
hicieron que los sobrevivientes partieran caminando desde el campo de
concentración, los llevó efectivamente a la muerte.
Las cartas también son
muestra de una época, del aquelarre de aquella globalización embrionaria. Un
uruguayo que se alistó en las Fuerzas Francesas Libres se enamoró de una
parisina, Cecile, y pidió y obtuvo visa prometiendo casamiento y jurando que
ganaba los 100 pesos reglamentarios. Una víctima pidió visa para seis o siete
personas para volver a montar en Uruguay un negocio de peletería. Y el
dibujante de Mundo Uruguayo, el ruso Juan Boris Gurewitsch (quien resultó ser
un reconocido plástico en nuestro medio), vino a Uruguay antes de la guerra a
fin de juntar dinero para traer a su adorada novia, la polaca Anna Herzberg.
Ella era el tema casi excluyente de sus conversaciones hasta que llegó la
guerra y perdió el contacto; años de desolación. Tras la guerra, un aviso de la
Cruz Roja: ella sobrevivió a Auschwitz. Reignición violenta de la esperanza. El
director de la revista, Orestes Baroffio, hizo uso de altos recursos de la
dialéctica en su carta y comprometió sus relaciones para argumentar a favor de
la visa. La obtuvo. Y ellos dos vivieron la vida que les quedaba.
Cartas para vivir
23/Ene/2015
Brecha, Por Andrés Alsina